Entrenar el cuerpo, atravesar la mente
Soy partidaria de la idea de que, mientras estamos en movimiento, estamos aprendiendo. A veces son aprendizajes tenues; otras, aprendizajes determinantes. En lo personal, no puedo evitar detenerme a recogerlos, mirarlos con atención y convertirlos en una idea concreta que, una vez formulada, ya no me deja siendo la misma.
En esta oportunidad, se trata de una competencia de CrossFit en la que participé. Desde el mismo momento en que tomé la decisión de inscribirme, la experiencia comenzó a desplegar múltiples reflexiones. Sin embargo, intentaré sostener un eje: el cuerpo y la mente.
Ambos poseen una fuerza de tal magnitud que resulta imposible no experimentar su confrontación. En ese punto, uno queda situado como observador de sí mismo: un cuerpo con los músculos bloqueados y contraídos; un corazón acelerado que sacude cada célula, cada nervio; y una mente que habla por sí sola, que libera pensamientos que uno ni siquiera imaginaba que estaban allí.
El cuerpo al límite: La mente se desconecta y emergen certezas en Hyrox
Es una experiencia físicamente dura y, en el plano psicológico, también lo es. No contaminaré este escrito con lo que aparece en mí en cada uno de esos planos. Por el contrario, me parece más oportuno invitar al lector o la lectora —si ha practicado algún deporte o participado en una competencia— a que observe cómo lo vive: cómo se juegan en usted, al mismo tiempo, estos dos planos.
Mi experiencia psíquica y corporal en una competencia de Hyrox y en una de CrossFit es completamente distinta. Esto me lleva a concluir que el cuerpo, cuando es llevado a un borde —según distintos niveles y formas de exigencia física— compromete la mente de maneras también diferentes.
Hyrox es una prueba continua, de aproximadamente una hora (o el tiempo que cada persona tarde en terminarla). Ese recorrido prolongado le da lugar al cuerpo y a la mente para debatirse largamente. En mi experiencia, cada vez que salía a correr después de un circuito pesado, debía aguantar lo indecible. Peleaba conmigo misma: yo observaba a mi cuerpo y a mi mente discutiendo entre abandonar o continuar. Me decía —o les decía—: “vamos por un circuito más y vemos”.
Alrededor del minuto 45, sentí como si hubiera atravesado algo. Como si cuerpo y mente se hubieran desconectado, o como si la mente, al comprender que el cuerpo no iba a ceder, se hubiese apagado. A partir de ahí, el cuerpo continuaba sin cuestionar, sin análisis: no importaba si dolía un músculo, las plantas de los pies, si los pulmones respiraban bien, si faltaba el oxígeno, si el corazón estaba fatigado o si aparecían náuseas. Nada de eso. El cuerpo simplemente fluía hacia lo que correspondía hacer.
En ese momento viví una experiencia de trascendencia. Como si hubiese pasado a otro nivel, como si se hubiese abierto una puerta. Allí comenzaron a emerger ideas importantes, sobrias, punzantes. Ideas genuinas, no maquilladas ni debatibles. Eran concretas, ordenadas, imborrables. Eran certezas.
Abandono y trascendencia en la fatiga de Hyrox vs. el quiebre y la visualización en el desafío de CrossFit.
No comprendía las razones de esa experiencia, ni su proceso ni su explicación científica, pero estaba convencida de haber atravesado algo importante. Ya no hacía esfuerzo consciente. No tenía que decirme “continúa” ni “no pienses”. Era una sola voz, y esa voz sabía lo que decía. Me permitía seguir con el cuerpo en el reto, mientras ella dejaba destellos a los que jamás habría llegado sentada frente a un cuaderno o a un computador.
Me abandoné a esa corriente. Fluí con la fuerza de un río. Todo el impulso iba hacia adelante, sin contradicción, sin sacrificio. Era como si el sacrificio ya hubiese ocurrido antes, hasta cierto punto, y ahora lo que venía perteneciera a otra experiencia. Llegué a la meta sin que los músculos hirvieran. Lo que quedó fue una sensación de grandeza: hacia mí, conmigo misma.
En una competencia de CrossFit —que debo decir fue mi segunda, nueve años después de la primera— ocurrió algo distinto. Nueve años en los que no soy la misma persona, pero que también me permitieron reconocer qué de mí seguía intacto. Aquella Paola que compitió en 2016 había cambiado muchas cosas, pero había un rasgo que persistía. Ese rasgo no lo habría podido identificar con tanta claridad si no hubiese asumido esta nueva experiencia.
Asumí esta competencia reconociendo mi horario de trabajo, mis proyectos, mis sueños, y también que mi tiempo de entrenamiento no es el de un atleta dedicado. Pero reconociendo, al mismo tiempo, que así es como funciono: si me entrego a una sola cosa, me hastío y abandono. Entonces decidí ver qué sí había: Saldría de vacaciones podría entrenar más. Tendría apenas dos o tres semanas antes de la competencia. Los días previos entrenaría como el tiempo lo permitiera. “Si no había cantidad, habría calidad”, me dije. A cada entrenamiento le puse cuerpo y mente: análisis, y algo más: Un plus.
Ese plus es una sensación corporal que me indica que lo he dado todo. No se mide en tiempo ni en repeticiones. El cuerpo lo sabe. Yo lo sé cuándo aparece esa satisfacción por la entrega, no lo puedo saber antes, ese plus, como indicativo, llega. Decidí que ese sería mi norte.
Hubo un día en particular, mientras practicaba las técnicas, en el que el quiebre físico me llevó a un quiebre psicológico. Me pregunté: ¿cómo es posible que después de 12 años practicando CrossFit no me sepa con exactitud los nombres de los movimientos? Entendí que asumir la responsabilidad de aquello que me gusta me genera temor: miedo a la frustración, a la decepción, sobre todo cuando entra en juego el reconocimiento del otro.
Ese quiebre me empujó. Y, curiosamente, un coach me dijo: “Paola, es que tú no te visualizas haciendo eso”. Los días previos, la palabra visualización apareció en todas las dimensiones de mi vida: trabajo, proyectos, lo personal, lo deportivo.
Poner en juego cuerpo y mente con la misma intensidad es comprender que la mente no siempre está anclada a lo real. El cuerpo, en cambio, nos marca lo real. Frustra. Creemos que podemos hacer ciertos movimientos, pero cuando el cuerpo entra en acción, no responde como la mente imaginaba. Y ahí hay que aceptar un cuerpo que se agota, que duele, que no puede, o que necesita tiempo.
A veces el cuerpo tiene capacidades que la mente niega; otras veces, la mente exige más de lo que el cuerpo puede. Todo es cuestión de probar, intentar e identificar qué ideas nos limitan y cuáles se pueden atravesar. No es sencillo. Para mí no lo ha sido. Pero el análisis y la experiencia me han permitido ir distinguiéndolo.
El sufrimiento rápido de CrossFit como catalizador de la vida y el valor en el acto de desgastar la existencia.
En CrossFit, el sufrimiento es rápido y determinante. No hay tiempo para trascendencias largas. La técnica y la concentración mandan. La mente y el cuerpo se enfrentan por breves minutos. No hay segundos que ceder. El “yo” debe interponerse, de lo contrario, se pierde.
- Sí, hay sufrimiento. Una palabra que durante mucho tiempo evité y hasta critiqué. Hoy la acepto: hay que sufrir. Porque en toda decisión que nos mueve, muere una parte de nosotros para que emerja otra. Y eso todas las veces conlleva una cuota de sufrimiento.
- Si estas experiencias no implicaran sufrimiento, ¿nos tomaríamos la molestia de hacerlas? Invierten tiempo, esfuerzo, nos confrontan con nuestro cuerpo y nuestra psique: ¿qué cuerpo tengo?, ¿cómo responde?, ¿me obedece?, ¿por qué no responde si es “mi” cuerpo?
Precisamente por atrevernos a vivir estas experiencias es que aparece la sensación de estar vivos. Porque si no fuera por eso, ¿qué sentido tendrían?
Una experiencia en la que ponemos cuerpo, mente, emociones y sentimientos nos enseña que el valor no está en un número ni en una clasificación, sino en nuestros actos, en la satisfacción, en todo lo que implica deconstruir y construir para llegar a hacer aquello que parecía difícil o imposible.
Me han preguntado muchas veces para qué meterle tanto tiempo a entrenar, a competir. No tengo una respuesta que convenza a nadie, ni siquiera a mí. Mi respuesta, más como resignación, es esta: cada quien decide, consciente o inconscientemente, cómo desgastar la vida. Esta es una de mis maneras. Porque ver televisión, dormir, comer, leer, escribir, trabajar, bailar o entrenar son todas formas de gastar la vida. La vida se desgasta. Y mientras estamos vivos, lo que hacemos —y lo que dejamos de hacer— son modos de habitarla. Cada quien decide, desde su propia satisfacción, cómo desgastarse la vida.
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